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Olas de tristeza, desesperanza, miedo, vergüenza y culpa están emergiendo en este momento. Permite que todas esas energías salgan a la luz, deja que todo su cuerpo vibre, tiemble y se agite si es que así debe ser, deja que lloren, griten, rujan, rían, que se caguen en sí mismos si así es como tiene que ser. No les ofrezcas nada, excepto el regalo más grande de todos: tu apacible presencia. Quédate a su lado en cada respiración, en cada movimiento, momento a momento. Toma su mano, pero no hagas el intento de componerlos, de cambiarlos, de que dejen de experimentar esas emociones que están experimentando.

Decía el cómico estadounidense Louis C.K. : «La tristeza es poética. El premio por acoger esa emoción que tanto tiempo llevaba negando fue una liberación de tensión y un espectacular chute de hormonas que le arregló el día. Es una pena que por no enfrentarte a ese primer momento duro de la tristeza la bloquees porque así nunca vas a sentirte completamente triste, ni completamente feliz.» 

Y qué razón tiene. Hay que entregarse a cualquier emoción, dejarla fluir, que salga al exterior y pum!. Que explote!. No podemos estar cargando siempre con la mochila de la aparente alegría y fortaleza. Descargarla cuando nos pesa nos da fuerzas para continuar más livianos. Con otras sensaciones y energía positiva.

A veces ni yo misma me siento en libertad de llorar. Tenemos derecho a estar mal, tristes, desolados. No por eso somos más débiles. Al contrario, a veces lloras porque llevas demasiado tiempo siendo fuerte. Nacimos llorando porque llorar es coger aire, sacar lo que nos duele y seguir adelante. Si te lo guardas a la larga crearás problemas internos más graves como la ansiedad crónica, frustración, amargura…

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Debemos aprender a aceptar que no siempre vamos a conseguir lo que queremos y que, además, vamos a sufrir pérdidas. Aspiramos a un trabajo en el que nos sintamos totalmente realizados, pero que tenga un buen sueldo y nos deje tiempo libre; experiencias nuevas, viajes exóticos y, también, ahorrar; queremos cultivar nuestros lazos familiares sin renunciar a tener tiempo para nosotros mismos el fin de semana; una relación amorosa duradera en la que jamás se apague la chispa. La paradoja de la búsqueda de la felicidad en todos los aspectos de la vida es que nuestras posibilidades de frustración aumentan. Y la frustración invoca a su vez a la tristeza, lo último que estábamos buscando. Las buenas noticias son que ese camino también puede recorrerse en el sentido contrario. Deja que la tristeza te golpeé, no huyas de ella, abrázala. Lo queremos todo y bajo control, y en realidad no controlamos nada, porque ya sabemos que la vida es impredecible.

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Negar las emociones negativas, además de empeorar las cosas, también hace que nos perdamos la ocasión de recibir un abrazo largo y cariñoso que nos recuerde, en un momento vulnerable, que no estamos solos en el mundo.

 

 

«Mathilde, si no puedes llorar, habla; y si no puedes hablar calla. Pero en fin, a veces empezamos a hablar y nos ponemos a llorar y al llorar decimos lo que no hemos dicho al hablar, no se si me entiendes, sino sigue así con esa cara de boba.» (Cuando volvamos a casa)

Carol